Imaginemos que somos apenas un joven de 18 años con los ideales y la frescura de una
vida activa a punto de empezar. Terminamos el secundario hace poco y, mientras
entramos a estudiar a la universidad (si es que tenemos la posibilidad), aprovechamos
el poco tiempo libre de los estudios para darle algo de rienda a todas las inquietudes
sociales que descubrimos con la transición a la adultez. Nos ponemos a trabajar de
voluntarios en una ONG para intentar transformar algo de lo que creemos que no
funciona.
Nos dan la tarea de manejar una base datos gigantesca, data entry. Nos enseñan a usar
el sistema, cargamos y actualizamos información de personas, organizaciones de la
sociedad civil, empresas y dependencias estatales de todo el país. Los números nos
sorprenden; hasta hace poco éramos chicos y no dimensionábamos el «ecosistema»
de actores sociales. Solo la base que nos toca administrar tiene más de 200 organismos
del Estado entre nación, provincias y municipios, tres mil organizaciones de la sociedad
civil, 300 empresas y más de ocho mil personas. Creemos que tenemos el mundo en la
punta de los dedos y entonces las preguntas y premisas que teníamos empiezan a
cambiar.
Nos metemos en Google y buscamos la cantidad de organizaciones que hay en el país.
El número nos sorprende todavía más: entre 80 mil y 120 mil. Nosotros solo
manejamos la base de datos de una. Acá algo está mal, decimos. Seguimos buscando
en Google y vemos que nada más el Estado nacional tiene cerca de 200 dependencias.
Esto sigue estando mal. Otra búsqueda sencilla y el número de empresas que nos
arroja el buscador es de 600 mil. No puede ser, decimos. No puede ser que haya tantas
instituciones y personas y que la sociedad no funcione como creemos, desde nuestra
juventud, que debería funcionar.
Recordamos que el último año, en la escuela, nos hablaron de los Objetivos de
Desarrollo Sostenible de la ONU y ahora todo nos da risa. Desarrollo sostenible…
Miramos la lista y el 17 habla de las alianzas: «Alianzas para los objetivos», se llama. Y
entonces nos encontramos con la primera frustración del mundo adulto; las cosas no
suceden porque no queremos que sucedan.
Estamos a punto de perder el idealismo, a punto de entrar en una frustración sin
retorno. Para evitarlo, hablamos con nuestro coordinador y le preguntamos qué es
exactamente una alianza, le pedimos una explicación. Ve que estamos en el quiebre de
nuestra juventud, que queremos conocer el mundo de verdad, no el que imaginamos,
y que necesitamos que sea temprano para evitar que nos arrolle. Entonces nos dice
que, para la mayoría, una alianza es una estrategia de poder para lograr lo que
quieren, que no es tanto una cooperación para lograr algo común, sino un mecanismo
para conseguir lo que buscan con mayor facilidad. Pero también nos dice que, para
otros, en cambio (y esperamos que para él y para la ONG en la que estamos
colaborando lo sea), se trata de un contrato social, de un fin que excede lo propio, que
deja de lado los intereses de cada uno para poner las capacidades al servicio de algo
mayor. Dice que las alianzas pueden trascender los fines utilitarios, que las conexiones
pueden ser profundas y solidarias y que así es que se ha logrado todo lo que hasta
ahora existe.
Entonces volvemos a pensar en los ODS, sabemos que los más duros están a punto de
fracasar y vemos que los más blandos no son suficientes. Nos quedamos pensando
especialmente en el 17; en que no de casualidad es el último de la lista, que es más un
tema de conversación que una actitud real, y decimos que así como está no sirve, que
hay que cambiarlo, que hace falta un 17 bis, uno que hable en serio de las alianzas, que
les ponga contenido, sustancia.
Pero de pronto, mientras imaginamos ese 17 bis para no darnos por vencidos, una
noticia irrumpe. Capturan a un jefe de Estado en ejercicio. Es una captura ejecutada
desde afuera, aunque deseada adentro. El hecho se consume rápido, como casi todo
hoy, pero deja ruido de fondo. No pensamos en la geopolítica, no pensamos en las
cancillerías ni en los comunicados oficiales. Pensamos en las comunidades. En los
barrios, en las cooperativas, en los espacios que apenas empiezan a organizarse.
Volvemos con la mente a quienes están tratando de armar algo en medio de una
realidad frágil y descubren otra vez que las reglas no son estables, que la ley no es
siempre un marco, que a veces es solo un instrumento. Y ahí va de nuevo la
institucionalidad quebrada abajo, rompiéndose desde arriba con facilidad.
En ese contexto, organizarse se vuelve más difícil. No porque falte voluntad, sino
porque aparece a las luces la inexorable confirmación de que nada es del todo seguro, que lo que hoy funciona, mañana puede desaparecer. Entonces creemos (¡ay de nosotros!) que cuando todo alrededor parece desarmarse, los liderazgos deberían
fortalecerse. Pero seguimos viendo las noticias, scrolleando en redes y hablando con
nuestros compañeros de trabajo y nadie emite una señal esperanzadora. En escenarios
así, el impulso corre riesgo, y no porque se apague, sino porque se desgasta. La
pregunta entonces no es cómo generar líderes, sino cómo evitar que se desvanezcan.
Cómo acompañarlos para que no carguen solos con la incertidumbre institucional.
Cómo hacer para que el sentido colectivo no se rompa cuando el marco general se
torna contradictorio, opaco o directamente arbitrario.
Volvemos, inevitablemente, a las alianzas, pero ya no las pensamos como una
estrategia ni como una herramienta táctica; ahora las vemos como refugio. Cuando el
sistema se rompe, las alianzas reales, aquellas que no se firman en documentos ni se
cargan en Salesforce, mantienen respirando a los procesos comunitarios. Son esas
alianzas las que construyen legitimidad cuando la legitimidad formal está en duda, las
que sostienen reglas mínimas cuando las reglas mayores fallan.
Tal vez ese 17 bis que pensábamos no tenga mucho que ver con sumar actores, sino
con asumir que las alianzas existen, sobre todo, para resistir la intemperie institucional
y para cuidar a quienes organizan cuando el orden se vuelve frágil. Levantamos la
cabeza de nuevo y vemos que en la acción colectiva hay un piso de ética que ninguna
ruptura perfora, y que es ahí donde las comunidades siguen intentando, una y otra
vez, hacer que algo funcione.